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¿Y si no fue suerte?...¿Cuántas veces has llamado "suerte" a todo lo que has logrado?


-"Solo tuve suerte."-


Quiero que pienses por un momento si alguna vez has dicho esa frase. Quizá después de un ascenso, después de terminar un proyecto importante, cuando alguien reconoció tu trabajo o simplemente cuando recibiste un cumplido y sentiste la necesidad de

responder: "No fue para tanto."


Si te identificaste con alguna de estas situaciones, quiero decirte algo desde el inicio. No estás exagerando. Y no, esto no significa que seas una persona insegura o incapaz. Muchas veces, quienes más dudan de sí mismos son precisamente quienes más se esfuerzan por hacer bien las cosas.


Es curioso que personas responsables, comprometidas, perfeccionistas, y que rara vez dejan algo al azar, encuentren una manera de restarle valor a todo lo que han construido.


Y quizá hoy valga la pena preguntarnos por qué.


¿Qué pasa cuando nunca es suficiente?


Hay algo que suele llamar mucho mi atención.


Imagina que llevas años preparándote, aprendiendo, enfrentando nuevos retos y resolviendo problemas que, hace tiempo, parecían imposibles. Con el paso del tiempo, creces, asumes nuevas responsabilidades y ganas experiencia. Incluso otras personas comienzan a reconocer tu trabajo.


Pero tú...


Tú sigues sintiendo que, en cualquier momento, alguien descubrirá que realmente no eres tan buen@ como creen. Entonces llega un reconocimiento y, en lugar de sentir orgullo, aparece un pensamiento casi automático:


"Fue suerte"..."Estuve en el momento indicado"..."Cualquiera habría podido hacerlo".


¿Te das cuenta de lo difícil que puede ser disfrutar un logro cuando inmediatamente buscas una razón para no hacerlo tuyo?


Déjame hacerte una pregunta...


Imagina que una amig@, alguien a quien quieres profundamente, tiene exactamente la misma historia profesional que tú. Los mismos años de experiencia, los mismos resultados, los mismos retos.


Un día se sienta contigo y te dice:


"Creo que todo lo que he logrado ha sido por suerte."


¿Qué le responderías?


Tómate un momento para pensarlo. Porque, curiosamente, casi nunca respondemos:


"Sí, seguramente fue suerte."


Lo que solemos decir es algo muy diferente:


"Has trabajado muchísimo para llegar hasta aquí"..."He visto todo el esfuerzo que hay detrás"..."Te has preparado"..."Claro que lo mereces."


Y entonces aparece una pregunta que vale la pena guardar.


¿Por qué puedes reconocer tan fácilmente el valor de las personas que quieres y te cuesta tanto reconocer el tuyo?


Cuando la voz más dura es la que vive dentro de nosotros


Con el tiempo, muchas personas llegan a creer que hablarse con dureza las mantiene motivadas. Como si exigirse constantemente fuera la única forma de seguir creciendo. Pero quiero invitarte a mirar esa idea desde otro lugar.


Piensa en la forma en que te hablas cuando cometes un error.


¿Le hablarías así a alguien que quieres?


¿Utilizarías esas mismas palabras con un hijo, una amiga o un compañero de trabajo que está haciendo su mejor esfuerzo?


Si la respuesta es no... ¿Por qué contigo sí?


No porque no puedas mejorar. Claro que todos podemos hacerlo. La diferencia está en que una cosa es reconocer un error y otra muy distinta es convertir ese error en una prueba de que no eres suficiente.


Y eso pesa....Pesa mucho más de lo que solemos imaginar.


Quizá nunca fue la suerte


Existe algo conocido como síndrome del impostor. Más que una etiqueta, es una forma de interpretar lo que vivimos, hace que los logros parezcan pequeños. Que los errores parezcan enormes y que el esfuerzo pase desapercibido.


Y que siempre exista una explicación para no reconocer el propio mérito. Lo curioso es que la evidencia suele contar una historia muy distinta. Porque los ascensos no llegan únicamente por suerte, las habilidades tampoco, la experiencia no aparece de un día para otro.


Detrás de todo eso hay horas de aprendizaje, decisiones difíciles, errores que dejaron enseñanzas, momentos de incertidumbre y una capacidad para seguir adelante incluso cuando dudabas de ti.


Eso también forma parte de tu historia, aunque a veces tu voz interior decida olvidarlo.


Antes de irte, quiero dejarte una invitación...


Piensa en algo que hayas conseguido durante el último año. No importa si parece pequeño.


Ahora pregúntate:


¿Qué parte de ese logro sí dependió de mí?


No de las circunstancias ni de la suerte, sino de ti.


Tal vez la respuesta no llegue de inmediato y está bien. Lo importante es empezar a hacerte una pregunta diferente.


Porque, quizá, llevas demasiado tiempo buscando razones para explicar tus logros... cuando lo que realmente necesitas es empezar a reconocerlos.


En consulta suelo recordar algo que hoy también quiero compartir contigo.


No necesitas dejar de aprender para reconocer lo que ya sabes.
No necesitas ser perfect@ para valorar el camino que has recorrido.
Y, sobre todo, no necesitas demostrar una y otra vez que eres suficiente para empezar a creer que ya lo eres.

Si mientras leías este artículo sentiste que hablaba un poco de ti, quizá sea un buen momento para mirar esa voz que te acompaña todos los días.


No para callarla.


Sino para preguntarte si la forma en que te habla realmente refleja quién eres... o solo el miedo de no sentirte suficiente. Y recuerda algo más. El crecimiento no solo ocurre cuando alcanzas nuevas metas. También ocurre cuando empiezas a mirarte con la misma amabilidad con la que miras a las personas que más quieres.



Psic. Edith Pantaleón

 
 
 

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