La difícil tarea de intentar no equivocarse frente a los demás.
Hay personas que saben lo que quieren decir, pero cuando llega el momento de hablar, algo cambia. En su mente la conversación parecía sencilla, pero cuando están frente a alguien comienzan a pensar demasiado: cómo están hablando, qué cara tienen, si lo que dijeron fue interesante o si la otra persona estará pensando algo de ellos. Y entonces prefieren callar.
No porque no tengan nada que decir. No porque no quieran relacionarse. Muchas veces, precisamente porque sí quieren hacerlo.
Solo que existe un miedo difícil de explicar: el miedo a no saber cómo están siendo vistos.
Tal vez te ha pasado. Después de una conversación recuerdas algo que dijiste y comienzas a darle vueltas. Piensas que quizá sonaste extraño, que hablaste de más o que debiste responder de otra manera. Y aunque la conversación terminó hace horas, tu mente sigue ahí, repasándola.
Cuando esto sucede con frecuencia, relacionarnos puede comenzar a sentirse como algo que tenemos que hacer bien. Como si hubiera una manera correcta de hablar, de responder, de comportarnos o incluso de mostrarnos. Y eso cansa, porque mientras intentas estar con los demás, una parte de ti está pendiente de ti mismo.
Hoy, además, tenemos muchos más espacios para mostrarnos. Una fotografía, un comentario, una historia, un mensaje… pequeñas cosas que pueden convertirse en momentos en los que esperamos una respuesta o imaginamos cómo seremos recibidos.
Las redes sociales también pueden acercarnos, permitirnos encontrar personas con quienes compartir intereses y hacernos sentir acompañados; pero cuando ya existe inseguridad o miedo al juicio, pueden convertirse en otro lugar donde buscamos señales de aceptación.
A veces publicamos algo y esperamos. Revisamos quién reaccionó, quién no lo hizo o cómo fue recibido. Y sin darnos cuenta, algo que comenzó como una manera de compartir puede terminar convirtiéndose en otra oportunidad para preguntarnos si somos suficientemente interesantes, atractivos, divertidos o aceptados.
Incluso ahora que hablamos tanto de mostrarnos auténticos puede aparecer una nueva presión: sentir que también tenemos que saber cómo ser nosotros mismos frente a los demás.
Pero quizá aquí hay algo que vale la pena mirar con un poco más de cuidado. Cuando una persona evita hablar, no participa, cancela un plan o piensa demasiado antes de expresarse, es fácil pensar que necesita confiar más en sí misma o simplemente dejar de darle tanta importancia a lo que los demás puedan pensar. Pero quizá esa persona ya está haciendo todo lo posible para sentirse segura. Quizá aprendió, sin darse cuenta, que callarse puede evitar equivocarse, que pensar mucho antes de hablar puede evitar quedar mal, que no acercarse puede protegerla del rechazo o que revisar una y otra vez lo que escribió puede ayudarle a no sentirse tan expuesta.
En ese momento, evitar parece una buena solución porque el miedo disminuye y la incomodidad desaparece. El problema es que, poco a poco, también pueden empezar a desaparecer algunas de las cosas que quería vivir.
Y ahí podemos comenzar a entenderlo de otra manera: No siempre estamos evitando porque no queremos; a veces evitamos porque queremos protegernos.
Tal vez detrás de ese silencio hay miedo a equivocarse; detrás de pensar demasiado, miedo a ser juzgado; y detrás de no acercarse a alguien, temor a no ser aceptado.
No significa que todo lo que hacemos tenga necesariamente una explicación profunda, ni que cada momento de inseguridad sea ansiedad social. Significa que, cuando este miedo comienza a ocupar demasiado espacio, puede ser útil dejar de preguntarnos solamente por qué no podemos hacerlo y empezar a comprender qué estamos intentando evitar sentir.
Porque quizá no necesitas aprender a ser más sociable. Quizá necesitas sentir que puedes estar frente a los demás sin tener que cuidarte de cada palabra, de cada gesto o de cada posible error. Poder decir algo sin repasarlo diez veces después, participar aunque no estés completamente seguro de lo que vas a decir, equivocarte sin sentir que ese momento define quién eres o simplemente estar en una conversación sin pensar todo el tiempo en cómo te estás viendo desde afuera.
Es decir, no se trata de dejar de sentir nervios, de conseguir que todos te acepten o de aprender a comportarte de una manera que resulte agradable para los demás. Se trata, poco a poco, de que la posibilidad de no gustarle a alguien deje de sentirse como una amenaza tan grande.
Probablemente, eso es lo que más necesitamos recordar cuando relacionarnos comienza a sentirse difícil: no tienes que hacerlo todo bien para merecer estar ahí. Puedes sentirte inseguro y aun así participar. Puedes no saber qué decir y continuar la conversación. Puedes equivocarte y seguir siendo tú. Puedes descubrir que alguien no piensa como tú sin asumir que hiciste algo mal. Y, sobre todo, puedes comenzar a dejar de medir tu valor a través de cada mirada, cada silencio o cada reacción de los demás.
Porque no siempre nos da miedo hablar con los demás, a veces nos da miedo lo que creemos que los demás pensarán de nosotros.
Y cuando empezamos a comprender ese miedo con un poco más de paciencia, quizá también podamos dejar de pelear tanto con nosotros mismos. No para convertirnos en alguien diferente, sino para sentirnos cada vez más libres de ser quienes somos, incluso cuando existe la posibilidad de que alguien no nos apruebe.

Psic. Edith Pantaleón





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